domingo 20 de julio de 2008

La necesidad de inventar


Hoy se acaba el año. Un año en que he tomado la medicación, he leído, he mirado la televisión... y en el todavía no me he recuperado a mi misma como escritora, a pesar del presente cuaderno. He recuperado la afición por la lectura, eso sí. (Tampoco es que hubiese llegado a perderla nunca, pero al principio de tomar el medicamento me costaba concéntrame en lo que leía) Ahora estoy releyendo La reina de las nieves, de Carmen Martín Gaite. “¿Qué te hace sonreír interiormente?” Me ha preguntado el psiquiatra. Hace unas preguntas muy difíciles, y tampoco veo la necesidad de preguntar precisamente eso... John Irving y su Doble pareja, he respondido. Los libros me hacen vivir interiormente. Y aunque nunca leeré los suficientes como para estar satisfecha, espero poder llegar a leer los suficientes para aprender a escribir. No me canso del tema. Ayer leí un cuento de Borges que me impresionó: era uno que estaba condenado a muerte y lo único que pedía antes de morir era acabar el poema que estaba escribiendo. La más gran dedicación, la más sublime actividad, aquello que hacía que todo valiera la pena, era la escritura. Pensar el tema, componerlo, cortar por aquí, añadir por allá, redondear las frases, y un montón de cosas más que pueden hacerse con un texto. Supongo que eso sólo puede entenderlo alguien que sea escritor o que viva una actividad en al que se pueda encontrar un equivalente.
Así pues, dedicaré el año nuevo a esperar la inspiración... Claro que quizá iría mejor que, como decía Picasso, la inspiración me encontrara trabajando...
Pero, ¿sobre qué podría escribir? ¿Cómo se estructura una novela? ¿Y cómo se rellena esa estructura? Presiento que cuando encuentre el “qué” habré encontrado el “cómo”, que me vendrá dado, que el mismo texto que quiera escribir me pedirá su propia manera de ser explicado.
Hace tiempo que no invento nada.... Pero, ¿qué podría inventar que fuese interesante? No sé qué inventar... Y los buenos escritores inventan: usan su vida, sí (de hecho, no puede escribirse a partir de otra cosa), pero lo aliñan; lo que hace la diferencia es saber aliñar bien la propia experiencia.

domingo 13 de julio de 2008

Pecados de gula

Estaba la televisión encendida: hablaba de las personas gordas, la gran plaga de nuestro tiempo. Constataban, con pruebas científicas, una evidencia: que estar gordo es malo para la salud. Eso estaría bien si sirviese para concienciar a la gente que está gorda de verdad, solamente, pero a buen seguro que muchas personas, sobretodo mujeres, que no están gordas, comenzaran a sentirse gordas y a estar acomplejadas por culpa de reportajes como estos. El culto al cuerpo delgado es la nueva manera que tenemos de expiar nuestros pecados ahora que ya no nos confesamos y que la religión no tiene un peso preponderante en nuestra vida. Parece que necesitamos sentirnos culpables por algo, auto flagelarnos por algún pecado. ¿Qué mejor que castigarnos a no comer cosas sabrosas para expiar nuestro pecado de no estar del todo delgadas, cuando podríamos aceptarnos a nosotras mismas tal y como somos y no sufrir? En nuestra cultura judeocristiana, nuestro cerebro no deja de funcionar como comer lo que te apetece – placer – pecado, comer cosas insustanciales – aburrimiento – expiación del pecado. Y entonces, los mismos programas que nos dicen que hemos de comer sano están llenos de propaganda de bollería industrial. La gran contradicción de nuestro tiempo.
Hace tiempo, trabajaba con una persona que decía que no comía chocolate porqué un día se dio cuenta que ella entraba por una puerta y su culo entraba tres segundos después. A mi no me molestaba que no comiese chocolate, cada cual hace lo que quiere. El problema era que, por mi bien, se sentía obligada a predicarme la buena nueva y obligarme a mí también a no comer chocolate. ¡Cómo yo estaba más gorda que ella! Creía que me hacía un favor... Jamás me atrevía a decirle que yo no consideraba que valiese menos que ella por el hecho de estar más gorda y de comer chocolate, algo que ella debía creer, tal y como insistía en que no comiese...
Es cierto que una vez, saliendo con un chico, un amigo suyo le dijo que él no se rebajaría a salir con una tía gorda como yo sólo por el hecho de ir con una chica. Tomé buena nota, y no he salido con ningún otro. ¡Si salir con una chica gorda como yo ha de rebajar a un chico! De todos modos hay gente que la grasa la tiene en el cerebro, sólo que no se da cuenta. Y eso no se adelgaza...
Hubo una persona que llegó a decirme si tomaba dos raciones de cada plato, en las comidas...
Es evidente que no estoy tan delgada como estas modelos que salen en las revistas. Al fin y al cabo, ellas viven de su cuerpo, han de estarlo; a mí eso no me hace falta. No pienso sentirme culpable por el hecho de no estar tan delgada como predican las modas, no considero que valga menos por ello. No considero que coma desaforadamente, ni pienso expiar una culpa que no es la mía. Quizá no tendré derecho a meterme en la cama con un Bratt Pitt porqué mi cuerpo no estará a la altura, pero francamente, tampoco lo hecho de menos. Yo creo que lo más importante es aceptarse uno mismo, y no engañarse empezando cada quince días una nueva dieta como hacen algunos, algo que ya deberían saber positivamente que no les conducirá a ninguna parte.

Vida privada

He acabado de leer Persuasión. Me parece una novela excelente. No sé por qué dicen que es el más dramático de los libros de Jane Austen. Yo no creo que sea dramático. Es frío y mesurado.
Tengo mucho insomnio. Leo a Borges y a Kleist, y los Cuadernos de todo, de Carmen Martín Gaite. Como me gustaría poder escribir como ella. Me acuerdo de la conferencia suya a la que fui. Se me hace difícil creer que haya muerto. Muerta. Ya no podré volver a ir a ninguna conferencia suya... Lo que me choca más es que en los cuadernos haga referencia a su propia muerte. Eso sí que resulta extraño.
“Todo aquello en lo que no puedo dejar de pensar es mi tema.”, dice Vizinczey. ¿En qué no puedo dejar de pensar? En mis lecturas, en mis cuadernos, en la posibilidad de escribir... ¿Cómo estructurar una novela? Porqué lo que tengo claro es que lo que hace a un escritor de verdad no es la autobiografía, sino la imaginación. Elaborar historias de ficción a partir de la propia realidad.
He empezado a leer Doble pareja, de John Irving. Parafraseando a aquel que dijo que Gibbon vivió su vida sexual en las notas a pie de página de su Decline and Fall, podríamos decir que vivo mi vida sexual en las historias de Irving. Pero no es sólo el alto contenido en sexo lo que me atrae de sus libros. También son los comentarios sobre la escritura. De alguna forma, todo está relacionado.
Escribir una novela.
Como estoy enferma, me quedaré soltera y sola.
El libro de Irving es muy divertido, aunque me ha decepcionado un poco en vista a algunos otros de los que ha escrito... Demasiado sexo y demasiado poca literatura...

domingo 6 de julio de 2008

Positivizar la ponzoña

Una vez oí por la tele el testimonio de una mujer a quien su compañero había abandonado, dejándola con un hijo pequeño y muchas dificultades económicas. A pesar de ello, ella continuaba tan enamorada de aquel hombre como el primer día, e incluso se tomaba el hecho que él la hubiese dejado como algo bueno, decía que lo había positivizado y le parecía que haciéndole aquello él la quería todavía más. Oyendo esto, me parecía increíble de cómo puede llegarse a engañar una persona a si misma, de cómo puede encontrar los mil senderos para no reconocer la realidad. Su marido la había abandonado, no la quería; allí no había más realidad que esta y esa mujer no quería verlo. ¡Aquella actitud la encontré tan absurda! Y en cambio, muchas veces me viene aquella mujer a la cabeza cuando pienso en mi misma y mi relación con Álvaro. ¿Qué hago continuado obsesionada por alguien diez años después de haberlo conocido, diez años después de que haya quedado claro que no le intereso, diez años después de saber que no pasará nada entre nosotros, y que, si pasase, tampoco querría decir nada... ¡Es que me siento tan ridícula siendo la protagonista de esta historia! Y en cambio, es lo que me ha pasado, lo que me pasa todavía. No puedo evitar sentir lo que siento por él, y no puedo evitar no sentir lo mismo por ningún otro, todo eso a pesar de haberlas pasado canutas y siendo perfectamente consciente que, si me amara de verdad a mi misma, su recuerdo ya haría tiempo que descansaría en la basura. Me entiendo a mi misma tan poco como entendía a aquella mujer. Me parezco absurda, y me avergüenza explicarlo. Intento empezar de nuevo, no pensar en él. Pero han pasado diez años y todavía sufro. El tiempo... ¿no dicen que lo cura todo? ¿Cuánto tiempo ha de pasar aún? Dice que las heridas es bueno que escuezan, que no es bueno olvidar que hemos sufrido, (que no es bueno sufrir, pero que es bueno haber sufrido)... pero yo ya estoy harta de sufrir... querría poder mirar hacia delante de una vez. Si fuera una persona sana ya haría mucho tiempo que lo habría superado. Pero en nuestra mente actúan fuerzas que se escapan a la razón, corrientes ilógicas y absurdas que nos hacen escoger los caminos más intrincados, fuentes de sufrimiento que no nos acabamos. Me cuesta aceptar eso, me cuesta aceptar que soy esta especie de loca que se obsesiona por alguien y no ve nada más durante diez años. Yo querría ser normal y tener relaciones normales, como tiene la gente normal; ser querida como una persona normal. Pero parece que este cascanueces es mi condena, y que tendré que sufrirlo durante mucho tiempo, todavía...
"Existen razones en el corazón que la razón no comprende."
Maria Zambrano

El silencio tras las palabras

Ojalá encontrase a alguien, a alguien que leyese. Pero ahora no se me ocurriría nada que decirle, estoy silenciosa; se me ha cerrado el grifo, también para las palabras habladas... Cuentos, cuentos... ¿sobre qué podría escribir? Escribe sobre lo que conozcas, dice todo el mundo. ¿Qué conozco? No sé prácticamente de nada, excepto de leer y de libros; pero de libros tampoco sé lo suficiente... ¿Podría escribir sobre leer? De todos modos, el fallo está en hacerse esta pregunta. Debería escribir porqué me sale, y lo que me salga; porqué no puedo evitarlo, no porqué piense que tengo la obligación de ser escritora. Y en este momento no me sale nada. Sólo me salen confesiones en primera persona. Estoy tan acostumbrada a ellas. En mi vida nunca pasa nada. Hay otra cosa de la que sé, me olvidaba: de la soledad. Todo escritor está sólo a la hora de averiguar como hacerlo, a la hora de descubrir qué está mal en sus escritos. Ha de aprender a darles forma por él mismo, nadie puede decirle –y no ha de decirle- haz aquello, escribe sobre lo otro, dale forma de esta manera. La expresión debe surgir de una profunda necesidad interior que es personal e intransferible, de la profunda necesidad de decir aquello en concreto, aquello que nadie puede decir por ti, y el camino para hacerlo debes descubrirlo tú misma... Otra soledad, que se añade a la soledad de la vida, y que quizá es la misma soledad, no lo sé... No sé como averiguar por mi misma como aprender a escribir relatos o buenas novelas. No sé qué escribir. Una página en blanco me parece muy difícil de rellenar, pero constatando que estoy sola no arreglaré nada. Quizá es que me gusta estar sola, vete a saber... Pero no se me ocurren las historias que han de convertirme en escritora. Por más que me esfuerce, no consigo averiguar como me he quedado sin amigos. Es una frase demasiado espinosa para mí. Si escribo una novela sobre alguien, este alguien debe tener amigos. ¿Y si sólo hablo de mi misma, como me convertiré en hacedora de ficciones? Jane Austen fue capaz de salirse de si misma y de explicar historias más allá de su autobiografía. ¿Por qué yo no puedo? Solamente sé quejarme. No puedo escribir nada abstracto, nada poético. ¿He de explicar mi vida? ¿Podría hablar de una escritora en crisis? ¡Pero todavía no he escrito lo suficiente como para ser digna de la categoría de “escritora en crisis”! Sentarse a vivir la espera. ¿He de hablar de mi relación con Álvaro? Siempre he escrito igual, pero cuando era más joven y me sentaba a escribir, lo hacía llena de esperanza: escribir lo solucionaba todo. Pero, ¡por qué no puedo encontrar las palabras!

domingo 29 de junio de 2008

La nada en el petate

He intentado empezar la historia de un chico que pinta en una población de la costa y que vende sus esbozos en la calle. Tiene la habitación llena de pinturas, todo lo que ha pintado a lo largo de estos años que ha pasado solo. Para escribirla me he basado en un testimonio que oí por la radio de una mujer que lo dejó todo para irse a vivir a la playa de sus pinturas, y recordaba esta época como la más feliz de su vida. La historia me ha quedado un poco chapucera. No tengo suficiente categoría como escritora para que me salga bien un tema como este... He perdido mi chispa... Si antes había un párrafo feliz, lo he perdido. Me falta imaginación. Necesito personajes. ¿Será que no me fijo lo suficiente en la gente? ¿Por qué será que me cuesta tanto describirlos? Todo es una masa informe, indiferenciada; cuando describo más de un personaje, el resultado se parece más a un monstruo de diversas cabezas que a unos cuantos personajes con pies y cabeza. Podría imaginar que escribo algo para el taller de escritura; siempre me salía algo; inspirarme para el taller era fácil: no diré que fuera coser y cantar, pero me salía bien. Ayudó a ello el tener un público entregado. Pero no siempre lo que funciona para un taller funciona en otros ámbitos. Ahora, el taller es cosa del pasado... en este momento no sé qué escribir. Me pregunto si de mi falta de imaginación creativa se debe al medicamento. No lo sé. Antes, cuando me ponía a escribir, me parecía estar pariendo algo bueno, me parecía estar tocando la entraña del universo. Ahora no. Ahora todo lo que escribo me parece de encefalograma plano.

martes 24 de junio de 2008

El fracaso de la primera de la clase

Hoy, de manera indirecta, me han insinuado que soy una fracasada. (Como depende de con quien te compares...) Supongo que si nos lo miramos desde un punto de vista mundano, sí que lo soy. Siempre era la primera de la clase en la escuela. Ahora tengo un empleo muy humilde con un sueldo por debajo del sueldo mínimo. Supongo que sí, que si me encontrara con alguno de los compañeros de clase de aquel tiempo, que siempre iban detrás de mi en todo pero que ahora han prosperado, supongo que sí que uno de esto compañeros podría decirme con propiedad que soy una fracasada. Pero, ni me sentí nunca por encima de los demás ni una triunfadora cuando era la primera de la clase ni me siento fracasada ahora, ni creo que comparar la propia vida con la vida de los demás sea algo demasiado sano. Siempre viví mis buenas notas como una tara, como una excusa que tenían los demás para marginarme; por mi enfermedad, continuo marginada, o sea que considero que nada ha cambiado. Además lo que yo siempre ha querido es escribir, y ser buena en eso, no ser alguien desde el punto de vista mundano. Jamás no he querido tener dinero ni poder por encima de los demás ni un ferrari esperando en la puerta de mi empresa para huir a toda velocidad de mi vida. Si alguna vez hubiese querido eso, y ahora no lo tuviese, supongo que sí que podría considerarme una fracasada. Pero lo que yo siempre he querido es escribir, y eso hago; tengo el privilegio de poder dedicarme a aprender a hacerlo. En este aspecto, he conseguido lo que quería, y por tanto, no considero que haya fracasado en nada. Es más, me considero más feliz que muchos de estos compañeros que han “triunfado”, a veces a un precio muy alto, y que según como tampoco están contentos. Quizá no tenga gran cosa, pero me levanto cada mañana contenta. Si, de aquí a cincuenta años, en mi lecho de muerte, veo que me he rendido, que he dejado de luchar para escribir algo que valiese la pena, entonces sí que consideraré que he fracasado. Pero cada texto que escribo y publico para mi es una victoria, y me rescabala de mucho, independientemente que la otra gente puede pensar que no vale la pena. Para mi, es mi trocito de gloria, y, francamente, otra cosa tampoco me interesa lo más mínimo.

Pensamientos descoordinados

Yo no me veo a mi misma enferma, pero soy consciente que ante los demás lo parezco. He empezado a leer una segunda vez Persuasión en vistas a sacarle todo el jugo. Tomo medicación. Esto es algo que me gustaría ver abolido de aquí a diez años... Quiero empezar una novela. Pero trasladar las imágenes mentales al papel es algo que no sé hacer. La Regenta es la historia de una mujer adúltera en el Oviedo de finales del XIX. Anita también se siente muy sola... Una escritora de verdad. Lo que yo era. ¿Cómo podría recuperarme? Cómo recuperar la prosa fluida, la que salía a borbotones y se desparramaba por mis cuadernos. Quizá era el ardor de la juventud... Pero todavía soy joven. Ya no es ser soltera lo que me preocupa, sino mi falta de relaciones humanas en general. Estoy condenada a no ser capaz de relacionarme normalmente con la gente por mi enfermedad. A estar sola. No más, posiblemente, de lo que la mayoría de gente está. Algunos, viviendo en pareja, lo disimulan más, pero me imagino que también deben sentirse solos algunas veces. Probaré de ponerme ante el papel en blanco cada día un rato para ver qué me sale. Quería escribir cada día un poco, y no lo he cumplido. A ver si lo hago a partir de ahora. En la tele, unos chicos que han realizado su sueño de ser cantantes como yo no puedo realizar el mío de ser escritora. Ser escritora. Pero eso era antes. Ahora ya no tengo sueños. Me he quedado sin ilusiones. Podría empezar escribiendo cuentos, "algo que podía empezar y terminar en un fin de semana". Pero no me inspiro. Me he quedado sin palabras. Ahora en mi cabeza sólo hay silencio. Podría escribir sobre tantas cosas... Se me ocurren un montón de historias que no sé como trasladar al papel... Con Piel de abeja me pasa lo mismo. Estoy bloqueada. A ver si resultará que no soy escritora, al fin y al cabo. De todo lo que podría pasarme, esto sería lo peor. Escribir es mi vida. ¿O debería decir era?

domingo 22 de junio de 2008

Locura escrituril

Carmen Martín Gaite dice que escribir es una cuestión de voluntad más que de inspiración. No estoy de acuerdo. Yo he estado muy desinspirada últimamente, y aunque tenía la voluntad de escribir –todavía la tengo- no sé qué escribir. Ella habla de una mujer sin rostro sola en casa que quizá ha estado hojeando viejos cuadernos. Recuerdo uno de sus “mandamientos”: no tirar nunca nada, guardar todos los papelotes viejos. No le hice caso, y ahora me lo encuentro.
Me ha sorprendido agradablemente que el psiquiatra supiera quien era Carmen Martín Gaite. Incluso le perdono que no tuviese ni idea de quien era Jane Austen. He estado releyendo Persuasión y cada vez me gusta más. No recuerdo nada de la primera vez que lo leí, o sea que se puede decir que es un Austen virgen para mi.
Hoy el psicólogo nos ha propuesto el ejercicio de vernos a nosotros mismos de aquí a diez años. Me he descrito como una mujer de la limpieza, lo que me temo que, con mi enfermedad mental, acabaré por llegar a ser. Pero no era verdad. La verdad es que me veo escritora. Pero no podía decirlo, no quiero que nadie crea que tengo pajarillos en la cabeza. Como si no tuviera suficiente con ser una enferma mental como para a la postre dármelas de escritora. No quiero que nadie llegue a la conclusión que creerme escritora es una fase más de mi locura, aunque a veces pienso que quizá sí que sea así.

domingo 15 de junio de 2008

Verdades como puños


Hace poco, hablado con mi librero, me dijo que ella no escribía según qué, más concretamente no explicaba intimidades, porque creía que a nadie le importaba su vida. Exactamente lo que yo pienso: que mis miserias no importan a nadie aparte de a mi misma. Pero, en cambio, he creado expresa y voluntariamente, un blog donde explico intimidades. Ya lo dije una vez: me he observado y he visto que lo que me gusta de eso de escribir (ya sea en el blog o fuera de él) es esta especie de streap-tease espiritual; que lo que me gusta es explicar lo que explico, de hecho. Pero, claro no querría encontrarme un vecino de escalera cotilla, con poca idea de lo que son las aspiraciones literarias y todavía menos de lo que es la inspiración, que un día cruzase la acera para decirme burlón: “Así que estás como una cabra. No sabes como disfruto de estar sano y de reírme de tus salidas de olla espiando por este agujero en la cerradura que es la red, cómodamente sentado desde casa.” Algo que podría pasar perfectamente. Es el retrato perfecto de mucha gente que conozco. Bien, en general, además de malos lectores, son hipócritas y jamás me lo dirían a la cara, pero esta sería la esencia de la verdad de su mirada burlona. No se acaba nunca la capacidad de estar integrado en el mundo de la gente sana; siempre saben de quien han de burlarse para encajar en el grupo. Y sería yo misma quien me habría expuesto a ello, a estos comentarios, por no saber dejar el teclado quieto; soy consciente de cómo deben estar riéndose algunas personas. Pero he observado que sólo me gusta leer a autores que digan verdades sobre si mismos, verdades que valgan la pena (y que no son lo mismo que cotilleos), y que se expresen con franqueza. Tan entreverado con la ficción como se quiera, pero que en el que dicen haya un fondo de verdad. Los que hacen razonamientos peregrinos para esconderse y confundir al lector simplemente no me interesan. Aunque supongo que habría diferentes y discordantes opiniones sobre qué es un razonamiento peregrino, y soy consciente que hay gente que podría pensar que mis razonamientos también lo son, de peregrinos. Se me ha acusado de jugar al ping-pong con el lector con mis idas y venidas arguméntales. No es algo intencionado. Si parece que mis textos juegan al ping-pong con el lector es porqué mi cabeza juega al ping-pong conmigo. Una vez más, la necesidad de expresar verdades me puede... Antes creía que podía escribir y podía esconderme: tras un personaje alejado de mí, tras un escenario exótico, tras un estilo trabajado. Eso me dijeron en uno de los cursillos de escritura que hice: “No sois vosotros, es un personaje. Cuando escribís estáis creando un personaje. “ He descubierto que, independientemente de cual digan que es la verdad los otros escritores, mi verdad no esta. Es justo al contrario. Si un escritor escribe sobre un personaje que acaba en el cubo de la basura, lo único que le pido a quien escribe es que alguna vez se haya sentido como alguien a quien tiran al cubo de la basura. Que me salga con el consabido “no has de fiarte de mí, soy escritor, miento; en realidad eso jamás se me ha pasado por la cabeza”, me desvaloriza la buena opinión que tenia de él. El texto era auténtico; quizá no es consciente de ello, quizá cree que es un consumado creador de ficciones, pero lo que yo he visto en el texto es una verdad sobre si mismo, alguien que siento como si le tirasen al cubo de la basura, una verdad que por lo que se ve no está preparado para asumir; prefiere escudarse en el “soy escritor, miento.” Me he encontrado con ello muchas veces desde que deambulo por Internet; muchas veces, si lo que habían escrito no era verdad, no tenía ningún sentido escribirlo; pero ellos decían que no lo era. No digo que no se pueda aliñar la verdad (que es lo que yo hago), trabajarla hasta darle forma de pieza de orfebrería, incluso hasta el punto de no saber quien es quien; lo que digo es que, si el fondo no es auténtico, el autor no tiene nada que hacer. Para escribir de verdad se ha de estar dispuesto a exponer las propias miserias, a ir al fondo de una mismo, aunque que lo que encontremos no es lo que querríamos. El hecho de escribirlo puede ayudarnos a aceptarnos, a ventilar fantasmas como quien ventila una casona desolada. Yo no creo en los que dicen que mienten; como dijo alguien, yo creo en los que saben mentir bien la verdad.